Perfil del genocida (La banalidad del mal)


1. En el plano individual

Obediencia extrema a la autoridad: tendencia a cumplir órdenes sin cuestionarlas, incluso si implican violencia o crueldad.

Deshumanización del otro: incapacidad (o negativa deliberada) de ver a las víctimas como iguales; se las concibe como “plagas”, “enemigos internos” o “objetos prescindibles”.

Pensamiento rígido y fanático: convicciones ideológicas absolutas, sin apertura al disenso.

Racionalización del mal: justifican sus actos como “necesarios”, “legítimos” o “inevitables” para un supuesto bien mayor.

Falta de empatía y culpa: minimizan el dolor que provocan o lo consideran irrelevante.

Ambición o miedo: algunos se mueven por ansias de poder, otros por temor a perder privilegios o a ser castigados si no cumplen.


2. En el plano social y político

Contexto de impunidad: operan en sistemas donde la violencia está legitimada desde el Estado.

Lenguaje deshumanizante: discursos oficiales que convierten al “otro” en enemigo, traidor, animal o amenaza.

Aparato burocrático: el genocidio suele ser posible gracias a estructuras jerárquicas que reparten la responsabilidad y diluyen la culpa.

Ideologías totalitarias o excluyentes: se sostienen en visiones racistas, ultra nacionalistas, fundamentalistas o de odio político.


3. Ejemplos históricos muestran que:

No siempre son “monstruos” aislados, sino personas comunes en contextos extraordinarios, que aceptan o promueven crímenes atroces. Hannah Arendt llamó a esto “la banalidad del mal” al analizar a Eichmann.

Muchos genocidas se presentan a sí mismos como “funcionarios cumplidores”, “defensores de la patria” o “héroes de una causa”, invisibilizando el carácter criminal de sus actos.


👉 En resumen: el perfil de un genocida combina obediencia ciega, fanatismo ideológico, deshumanización del otro y una estructura social que habilita la impunidad

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