Salam aleikum.
La primera imagen que me atravesó al leer una nota escrita por un islamófobo en redes fue una imagen de horror.
No por el Islam.
Por el odio.
Quiero decirlo con absoluta claridad: no hablaré mal de ninguna otra religión monoteísta, como el catolicismo o el judaísmo.
Es el mismo Dios.
Son distintos caminos.
Aquí podría cerrar el concepto.
Pero no.
Jesús fue torturado, perseguido y crucificado, según la narración bíblica. El Islam sostiene otra interpretación de ese hecho.
Cada persona, según su recorrido espiritual sea infantil o adulto, catequético o reflexivo debe investigar, estudiar y decidir.
Lo cierto es que la imagen del sufrimiento de Jesús atraviesa a toda la humanidad, incluso al Islam, que también espera su regreso como Mesías.
Soy musulmana conversa.
Estoy casada con un hombre musulmán turco.
Y antes de eso, fui profundamente militante de la Iglesia Católica.
Crecí en colegios católicos.
Participé en pastoral social, misiones, encuentros matrimoniales.
Fui Hija de María a los trece años.
Hice retiros espirituales, estudios bíblicos en la Universidad del Salvador, y hasta acampé en la Policía Federal.
No fue el odio lo que me llevó al Islam.
No fue mi esposo.
No fue una ruptura.
Fue el impulso genuino de ampliar el conocimiento espiritual, un impulso que ya había comenzado en mis estudios y militancia bíblica.
Y fue el Sagrado Corán el que abrió sus brazos y me condujo a un lugar de verdades y revelaciones divinas que colmaron y siguen colmando mi espíritu, ayudándome a penetrar en los misterios de Dios.
Esto no me convirtió en profeta, ni mesías, ni iluminada.
Me convirtió en un mejor ser humano.
Me convirtió en militante del amor:
al planeta,
a la naturaleza,
a los animales,
a los seres humanos.
Solo amor.
Mis abuelos llegaron desde la Siria Otomana, a siete días caminando de Jerusalém, donde eran llevados año tras año para ser censados.
Tengo polvo de Palestina en mis zapatos
y lágrimas de sangre en los ojos
al ver el genocidio que hoy se intenta ocultar sembrando odio contra los musulmanes.
Han trasladado sus vejaciones espirituales y físicas, sus horrores incalificables, sobre un pueblo entero.
“Todos son terroristas, asesinos, pedófilos”, dijo un ser que dice pertenecer a las fuerzas del cielo.
¿De qué cielo?
¿Del cielo palestino?
¿Del cielo de Siria?
¿Del cielo del Líbano?
¿Del cielo de Hiroshima?
¿De Nagasaki?
¿Del cielo argentino de 1955?
¿Del cielo de Irán?
¿De Sabra y Chatila?
¿Del cielo de Malvinas?
De ese cielo solo caen misiles infanticidas, destrucción y muerte.
Mujeres que no mueren enterradas hasta la cintura,
sino sepultadas bajo escombros,
junto a sus hijos, sus familias, sus abuelos,
trabajadores dueños de tierras trabajadas por siglos,
dinastías pacíficas que cometieron el “error” de ser solidarias y hospedar a un depredador genocida que hoy las elimina día a día.
Un depredador admirado.
Al punto de someter a un presidente que avala las peores aberraciones morales y humanas imaginables.
Esto no es casualidad.
Es una estrategia.
Una perversidad sin límites.
Un sistema que viola nuestras leyes, a nuestros legisladores y a nuestra Constitución.
Un sistema que no respeta la libertad de culto y pretende sembrar destrucción y odio entre hermanos.
Nuestra Nación no necesita ser un faro de corrupción ni de pudrición moral.
Necesita alejarse de ese faro de oscuridad.
Nuestra ruta ha sido y será segura cuando seamos simplemente lo que somos:
argentinos,
gauchos,
criollos,
solidarios,
con los brazos abiertos a todas las religiones.
Así convivimos durante décadas:
turcos, rusos, chinos, árabes, judíos, cristianos.
Compartiendo conocimiento.
Enlazando culturas.
Respetándonos.
Para constituir la unión nacional,
afianzar la justicia,
consolidar la paz interior,
proveer a la defensa común,
promover el bienestar general
y asegurar los beneficios de la libertad
para nosotros, para nuestra posteridad
y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino,
invocamos la protección de Dios,
fuente de toda razón y justicia.-
Mabel Pappano Abraham
Frente Vocación Nacionalista

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